Crónicas de Japón

pablo_goodwyn

Fin de semana en Tokio

por Pablo Goodwyn
4 de julio, 2003

Christof partió el jueves a la mañana. Yo no podía porque tenía la cita con el Sensei para tomar unas cervecitas festejando el examen, justo el jueves a la noche. Me llevó a un “Biergarten” según el, que en realidad era el primer piso de un hotel grande, con canilla libre y tenedor libre por unos 2000 yenes por cabeza. Yo pensé que me iban a sacar en camilla pero no, el chiste es que es por tiempo limitado: 2 horas. Charlamos, tomamos y comimos las dos horas. Medio a punto de reventar, volví zigzagueado con la bici a dormir.

A las 6 del otro día me levanté, el colectivo (el medio más barato de transporte, obvio, nada de tren bala que cuesta el doble) salía a las 7:59, de una estación relativamente lejos de mi casa-hospedaje. Ya había preguntado en la agencia de turismo de la universidad, donde compré los pasajes, cuanto tardaba el metro hasta esa estación (17min). Salí caminando pensando que tardaba 20 minutos hasta la estación a pie, pero tardé casi media hora. Llegué y perdí justito un tren. Ya andaba justo de tiempo, así que como para hacer las cosas más interesantes, el tren se retrasó y tardó 25 minutos.

De la estación de trenes, tenía que correr unas 4 cuadras hasta la parada de colectivos que estaba arriba en una autopista. Las autopistas sobre las ciudades están tapadas a los lados con unas paredes de chapa, para que no salga el ruido, y parecen más bien túneles arriba de pilares. Subí la escalera corriendo, abrí la puertita, y ahí estaba la parada, pero un minuto tarde. Andaba con suerte porque el micro se retrasó 3 minutos. No estaba tan mal, acostumbrado a “La Veloz del Norte” o “Chevallier”, los asientos eran amplios y cómodos. Tardó 6 horas, pasando por ciudades interminables y de vez en cuando algo de paisaje, con algunas paradas intermedias para estirar las patas o descargar la vejiga.

Fue fácil saber que llegamos cerca de Tokio porque había embotellamiento a las 2 de la tarde. La verdad no tenía ni la más pálida idea de dónde me dejaba el colectivo, era “TokioXXXXX”. No importaba, sabía que tenía que tomar la “loop-line” (verde) según Christof me había dicho en un mensaje. El colectivo nos dejó frente a la estación.
Estábamos en una puerta medio trasera o lateral de la estación Tokioxxxxx. Había tres bocas de subte, y la puerta grande de la estación. Miré dentro de una de las de subte, y había 6 líneas, una de las cuales tenía un círculo verde como logo, pero el nombre no me sonaba para nada, dudé un rato, así que entre en la estación grande. Caminé y busqué algún cartelito “loop-line”. 15 minutos caminé derecho, y no llegué al otro lado, sino al medio de la estación. Y nada de loop line. Le mandé un mensaje a Christof que me esperaba en la estación de Ueno, que llegaba un poquito más tarde.

Busqué un rato más y me cansé, así que entré en una agencia de turismo de JR (Japan Railways) y pedí un boleto para la loop line hasta Ueno. La chica se rió, diciendo que se podía, pero que normalmente nadie compra boletos tan cortitos en la oficina. Por supuesto le pregunte dónde se tomaba el tren ése. No estaba tan lejos, pero en ningún lugar decía loop line, sino un nombre en japonés que ya olvidé. Llegue a Ueno unos 20 minutos después, y Christof me llevó hasta la otra estación, con otra línea donde estaba nuestro hotel. Se llama “New Koyo” y es de lo más barato. Mi pieza era “estilo japonés”, así que media dos tatamis, y entraba yo y la mochila (chiquita, claro está). Dejé todo y salimos a caminar un rato. Estaba muerto de hambre, así que buscamos un McDonalds (sí, me he vuelto un traidor, como de vez en cuando en McM…, porque es lo más barato, 63 yenes una hamburguesa, compro tres o cuatro y estoy satisfecho con 200 yenes más o menos, una sopa rica en un comedero normal no baja de los 300, y no me llena ni una muela).

Hotel "New Koyo" en Tokyo

Hotel "New Koyo" en Tokyo

Encontramos uno y comí como un chancho, ya que solamente había desayunado. Fuimos hasta Shibuya, uno de los “barrios” que había que visitar. Entramos al edificio Sony, a ver qué cosas nuevas había, y por supuesto había cualquier cosa rara: las superpantallas, computadoras, cámaras, radios, perros robot interactivos (sólo aptos para niños japoneses alienados, un japonés normal, no se divertiría nunca), etc. Queríamos llegar al piso de los juegos interactivos, pero cerraba a las 7, y teníamos media hora nomás. Pero, encontramos una coupé BMW en exposición, ultimo modelo, con el volante del lado equivocado, y se podía subir, así que los dos niños, sin pedir permiso se subieron. ¡¡Ah!! ¡Qué lindo! Lástima que no te dejaban dar una vueltita. Todavía no tengo ni idea cómo la subieron hasta el tercer piso.
Salimos del edificio y caminamos por las calles más ruidosas que nunca había visto. La gente caminaba como si fuera agua de un río, para todos lados, empujándose (acá está bien, rara vez se pide perdón luego de un codazo al pasar, y para pedir permiso entre dos personas se pone la mano y se empuja nomás). De ahí fuimos hasta un barrio recomendado por la gente que visita los peores lugares: Roppongi. El barrio de la perdición. Y ahí teníamos el dato de un bar grande y cómodo, donde se podía tomar tranquilo.

El barrio este estaba lleno de cafishios japoneses, de traje negro o gris oscuro, anteojos de colores, pelo rubión teñido, y por supuesto las trabajadoras que estaban a la orden del día. Había miles de bares “para adultos”, donde sentarse y charlar con alguna niña costaría unos cuantos miles. Compramos una cerveza c/u en un almacén (¡o mais barato do mundo!), y caminamos un rato más. Encontramos el bar famoso (Havana) que por un momento no parecía Japón, porque estaba lleno de extranjeros. Pedimos una “Pitcher” (Jarra de litro y pico) de Margarita que por el precio valía la pena, pero llegó una jarra de hielo picado con un poco de gusto a ananá, y de Ron solo el nombre. Medio desilusionados salimos y nos compramos otras cervezas yendo de vuelta para el hotel.

Barrio Roppongi bajo la autopista

Barrio Roppongi bajo la autopista

Al otro día nos despertamos tipo 9, me pegué un baño, y salimos nuevamente. El tiempo estaba bien feo, llovía pero no muy fuerte. A las 12 nos encontrábamos con una amiga de Christof, que conocía desde hace unos años durante un intercambio que el tuvo en Australia. Como teníamos tiempo hasta las 12, visitamos un parque que supuestamente estaba bueno. En Tokio hay muy pocos espacios verdes y éste encima no estaba muy bien cuidado (Ueno Park). Había mas “homeless” durmiendo en los banquitos que en Constitución o Retiro. Se armaban con tres o cuatro paraguas una especie de choza y ahí dormían. Visitamos un templo dentro del parquet, que si bien era muy interesante porque tenía como 200 lámparas de bronce de tres metros de alto, que los señores Feudales (daimyo) le regalaban al Shogun; estaba muy descuidado, y ni siquiera tenia agua para “purificarse” las manos antes de entrar, algo reglamentario en cualquier templito, es decir estaba la pileta, pero no tenia agua, apenas unas hojas secas al fondo y mugre sagrada. También había un parque de juegos infantiles, pero como era de mañana y llovía no había casi nadie, lo que le daba un aspecto de película de fantasmas (recomendado: Spirited Away, de Miyazaki Hayao).

Bajo la llovizna fuimos hasta la estación donde nos encontraríamos con Iyuka, la amiga de Christof. Pero ya llegando, llamó por teléfono para confirmar que nos reuníamos a las 2, y no a las 12. Así, con un poco de tiempo extra, reorganizamos la estación de encuentro, y nos fuimos hasta Shinjuku. Miramos el mapa cerca de las estación, buscando una zona en especial de la guía del viajero de Christof (era buena, pero muy “para alemanes” y los lugares recomendados no siempre eran de lo más interesante) buscando el barrio de no sé qué. En el mapa de la estación estaba más o menos la zona dibujada, así que seguimos una autopista entre los edificios de lo mas extraños (el primer premio se lo lleva uno que como decoración tenia todo el frente con cabezas de tornillos gigantes plateados!?!?!) buscando el barrio que era famoso por los “love hotels temáticos”. Sí, aquí los telos (hoteles de una noche) son muy comunes, y para los alemanes son toda una novedad. Pero estos hoteles eran especializados, por ejemplo “edad media”, “templo budista”, “fetichista-sadomasoquista”, etc. Las cosas más locas que se les puedan ocurrir.

Shinjuku - Vista nocturna

Shinjuku - Vista nocturna

Medio perdidos entre otras cosas porque el mapa de la estación tenía el Sur para arriba (?!?!) y la guía para abajo obviamente, llegamos a la calle principal, peatonal de Shinjuku. Aquí era un verdadero lío de gente. Nunca me imaginé tanta gente junta, tantos carteles y cartelitos, ruido, tiendas, cabarets, pachinkos, casas de apuestas etc. Saqué varias fotos. Comimos rápido en un lugar de comida rápida japonesa muy rico y relativamente barato (430Y). Y fuimos a la estación a encontrar a la amiga de Christof. Ahí empezó el problema. ¿Dónde diablos está? Una estación enorme, con miles de salidas. Ella dijo por teléfono que estaba en el Starbucks de la estación. Así que buscamos uno. No encontramos, pero preguntamos en una tienda adentro de la estación. La chica muy atenta, no pudo explicar en japonés entendible para nosotros, y en inglés no pudo, así que nos llevo por unos pasillos empujando gente hasta un ascensor para discapacitados y viejitos, nos dijo que ni bien saliéramos, a la izquierda ahí estaba. Salimos del ascensor, caminamos un rato y encontramos el bendito Starbucks, pero nadie conocido, y ya estábamos 20 minutos tarde. Christof llamo nuevamente, y rearreglamos otra vez el sitio de encuentro, en la puerta principal Sur. Ahí fuimos, y era una nube de gente para todos lados, mucha gente joven, parece es el lugar de encuentro el parque de la estación. Christof se subió a una baranda que protegía un árbol, y justo la amiga lo encontró, porque estaba al lado nomás. No es que todos los japoneses sean iguales, sino que hay muchos parecidos.

Fuimos directamente a la isla de Omiya y viajamos por el tren súper moderno, el monorraíl, un riel central magnético, súper silencioso. Pasamos por el Puente “arco Iris” que es enorme y de dos pisos, abajo trenes y colectivos, arriba autopista. La isla es artificial, pero enorme. El shopping center que esta ahí, supuestamente es el más grande del mundo. Ahí se hacen las grandes reuniones faranduleras (la última fue la presentación de Matrix 2) y eventos multitudinarios de alto nivel. Paseamos por adentro y encontramos toda una parte que era “de época”. Entre los años de la Segunda Guerra hasta los años 60, había televisores, juguetes, fotos, películas, etc. Yo me tome una sidra Antigua, de esas que la tapita es una bolita de vidrio que uno tiene que empujar, además de comprar algunas golosinas “antiguas”, que eran bien parecidas a las argentinas. Nos quedamos hasta que se hizo medio de noche así veíamos el puente todo iluminado, además de una cantidad grande de barquitos con lámparas de papel que son restoranes flotantes en la bahía de la isla.

Volvimos en ferry, y de casualidad en el Disney World de Tokio, que no está tan lejos, había fuegos artificiales que pudimos ver. Comimos en un restaurante (Izagaya) que es una cadena con filiales en todos lados, muy bueno, no tan caro (sopa buena, plato principal bifes milimétricos de chancho al jengibre, ensalada y el infaltable arroz, con agua gratis, unos 650 Y), que por supuesto pagamos nosotros el plato que comió ella. Nos despedimos nuevamente en la misma estación populosa. Los pasillos de 20 metros de ancho estaban tapados, pero tapados de gente. 30-40 máquinas de boletos (frente a la entrada principal, hay varias otras salidas) con colas interminables de japoneses sacando boleto. Y una vez que estábamos cerca de la máquina, había que buscar la estación donde íbamos en un plano arriba de las máquinas. En el plano están escritos en Kanji todos los nombres y precios de las 500 estaciones que tiene Tokio metropolitano, y había que buscar la del hotel nuestro, y fijarse con que líneas de trenes/subtes había que combinar. Llegamos al hotel, solo para caer muertos cada uno en su habitación.

Ueno - Vista central

Ueno - Vista central

Al otro día, domingo, ya nos íbamos, así que había que desalojar la habitación tempranito. A las 11 nos encontrábamos con Litsko, una amiga de una amiga que conocí en Tuebingen (Marta), que por suerte habla castellano. Ella venía también con un amigo alemán que hablaba castellano. La cosa era que el Christof había tenido una entrevista el viernes a la mañana, así que había viajado con traje, y lo había llevado en su valija, enorme y pesada. Así que decidimos dejarla en algún locker todo el día, pero ya en la estación de la que el micro de regreso salía a la noche (22:00). Era la bendita Shinjuku. Ya nos salio medio mal, porque de la estación donde estábamos había un buen trecho hasta esa estación, y andábamos justos de tiempo. Pero igual le mandé un mensaje a Litsko que nos encontrábamos un poco mas tarde. Llegamos con Christof a Shinjuku, y buscamos un locker. Encontramos un pasillo donde había unos pocos cientos, pero en los más grandes la valija no cabía. El Christof me dijo que vaya nomás, así no llegaba tarde, él buscaba un locker grande y luego nos encontraba donde fuera.

Volví a la estación donde nos encontrábamos con Litsko, y por suerte ahí estaba. Muy simpático, y habla muy bien español, y muy poco inglés, así que cuando llego Christof a la media hora, pasamos al japonés mezclado con español. Fuimos con Litsko como guía al “palacio” imperial, más bien el jardín imperial. No había mucho más que jardín, casi todos los edificios antiguos se quemaron o destruyeron con los años nomás. Pero igual estuvo lindo. Algo interesante fue que esta chica trabajó en un diario, y nos contó en japonés-castellano, y yo le traducía en alemán lo mejor que podía al Christof (que si bien es muy simpático y me llevo muy bien, es uno de los peores del grupo y que menos japonés sabe!!). La cosa es que cuando se murió el emperador anterior (Showa) estuvo en coma como seis meses y nadie lo supo. Se decía que había una “cortina de Imperio” y no una cortina de hierro. También nos contó que ningún diario tiene la información 100% verdadera, y que son todos oficialistas, entre otras cosas porque la agencia de información estatal es la única que da información, y si a algún periodista se le ocurre decir la verdad, o su versión sobre algún hecho, la agencia oficial le corta el chorro de información al diario. Lo que hacen algunos periodistas es vender la historia a alguna revista, que lo publica con un nombre “artístico” o directamente sin nombre. Así es la cosa, si uno quiere saber la verdad acerca de una historia, mejor leer una revista, al revés de Argentina.

Hacia un calor bárbaro, y fuimos después a una calle (nombre olvidado) donde están todas las casas de porquerías electrónicas. Así era, cuadras y cuadras de tiendas de varios pesos cargadas de cosas electrónicas de todo tipo, a precios teóricamente bajos. Yo me compré una camarita digital chica, pero sumergible (¡es que acá llueve mucho!). Me metí de cabeza a una tienda de Manga. ¡Ah! ¡El sueño del pibe! Estaba todo lo que a uno se le ocurra, desde Mazinger y Astroboy hasta lo último de lo último. Me saqué una foto con la chica de Evangelion tamaño natural. Había unos modelos de los Mecha de Robotech (acá Macross) pero eran demasiado grandes para traer. Por supuesto había una sección porno, con las expresiones más increíbles de las perversiones más extremas, al lado de las películas tipo Heidi (!?!?!?!).

De ahí nos fuimos a buscar al amigo alemán, que se llama Bernhardt, muy simpático, y hablábamos alemán con él y Christof, y español con Litsko, y Litsko quería decir algo en inglés para que el Christof entendiera y le salía en castellano. Era un caos de idiomas. Fuimos juntos hasta la torre súper alta de 45 pisos desde donde se tiene una vista espectacular de Tokio. Supuestamente es a prueba de terremotos, súper moderna y no sé qué verdura, pero si hubiera algún terremoto no me gustaría estar ahí. Lo más interesante fueron los ascensores. Del piso 1 al 45 tarda unos 15 segundos. Y encima está presurizado como un avión.

A las 7 nos despedimos, Bernhard y Litsko se fueron en subte y nosotros nos quedamos en la estación de Shinjuku, la maldita estación gigante. Bueno, dijimos, a buscar la valija y vamos despacio a la estación del micro. Ahí hubo un problema, Christof no se acordaba muy bien dónde la había dejado. Bueno, sabía que era la “west exit” o cerca de ahí. Dimos unas vueltas y vimos unos carteles de “west exit”, y llegamos a un estacionamiento subterráneo de autos. No era obviamente. Le preguntamos a un policía ferroviario, que muy amablemente nos llevó hasta donde empezaban las “west exit”. Si, eran 12 o 14 no me acuerdo. Miramos por unas cuantas, paseamos por un shopping center, unos lugares oscuros, y de repente el Christof se ubicó y encontró su locker, una hora y cuarto después.

Ya podridos de dar vueltas, empezamos a buscar dónde salían los colectivos. Esta vez fuimos derecho a una boletería y le preguntamos dónde estaba. El tipo nos dio unas instrucciones un tanto inentendibles, había que salir del edificio, caminar al otro lado de no sé qué y por ahí estaba, frente al edificio Takashimaya, otro súper shopping center. Media hora de arrastrar la valija y lo encontramos, pero no la parada de colectivos. La habíamos pasado por enfrente y no la habíamos visto, así que volvimos. Al fin nos sentamos frente al andén de donde salían los colectivos benditos. Miramos el tablero y no había ninguno que saliera a las 22:00 para Kyoto u Osaka, nuestra dirección. Christof me pidió el boleto para ver si decía algo más, o el número de andén. Se dio cuenta que no era en Shinjuku, sino Tokio central. Este servicio es un tanto raro, llega a Shinjuku, pero sale de otra estación. Maldiciendo en japonés, por supuesto, tomamos el tren hasta Tokio central, que por supuesto estaba bien lejos, a unos 25 minutos de metro. Llegamos al colectivo, y esta vez por suerte sí había un cartelito “a Kyoto, a las 22:00”. Tomamos un café, y salimos. Ni bien arrancó, se durmieron todos los japoneses, y justo el que iba atrás nuestro roncaba… Christof no podía dormir, así que le pegó un par de golpes en los pies, pero ni se mosqueó. Desesperado sacó su Discman, y se puso a escuchar algo, pero como era antiguo, saltaba los temas con el traqueteo del colectivo. Al borde de un ataque de furia, le pegó nuevamente pero el desgraciado no se despertó. Yo agarré los auriculares del discman, y se los tiré a la cara, y recogía con el cable rápido para que no se diera cuenta. Finalmente nuestros ataques dieron resultados, se acomodó, y tuvimos unos 10 minutos de paz. A mí no me alcanzo, y al final dormí como 2 horas. Llegamos a las 7 a Kyoto, yo fui a buscar la bicicleta a la universidad, y volví a casa, donde dormí hasta las 12. Fin de semana cansador.

Saludos a todos!!!

Dr. Pablo J. Perez Goodwyn

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